Es la fiesta de los geeks, como se llaman a sí mismos con orgullo: cuatro días en los que es completamente normal vestir capa y antifaz, llevar la cara cubierta de maquillaje u oculta bajo una máscara de látex, o improvisar una pelea de sables de luz digna de los Jedis.
Valeria Perasso
El Comic-Con de San Diego, en el sur de California, es la convención del cómic más grande de Estados Unidos. Y es mucho más que tiras de dibujos lo que vienen a buscar las casi 130.000 personas que agotaron los boletos en cuestión de horas, cuando salieron a la venta el pasado febrero.
La ciencia ficción, el animé japonés, las historietas clásicas, los personajes de series y películas, los videojuegos y otros mundos de fantasía conviven en los pasillos del centro de convenciones, que muchos fanáticos recorren disfrazados.
Hay de todo: Harry Potters por doquier a apenas días del estreno de la última película de la saga, los siempre vigentes soldados de Star Wars, ignotas princesas, familias Picapiedras, Campanitas y Blancanieves, un Darth Vader en la fila del baño o un Hulk hambriento junto al carro de los pretzels.
Otros, simplemente, se disfrazan de personajes sin nombre pero con estética propia de la cultura pop que vienen a celebrar.
"A todos nos gusta este momento de libertad. Cuando voy con este traje, los niños se lo creen y piden sacarse fotos", le dice a BBC Mundo Eduardo, un Hombre Araña Negro que invirtió ocho días y US$500 en armar su vestuario.
"Nadie juzga a nadie y, aunque te vistas del más oscuro de los personajes, siempre habrá algún fanático que sabrá quién eres", coincide Marisol Ruiz, española-estadounidense y niña bruja de una serie japonesa.
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